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En Barcelona, este clima de tensión produjo numerosos disturbios -conocidos como bullangues («tumultos»)-, que se solían traducir en una abierta hostilidad hacia la nobleza y el clero: en 1835, a raíz de una protesta popular por la mala calidad de los toros de una corrida, los sublevados quemaron los conventos de Santa Catalina, San José, San Francisco, San Agustín, los Trinitarios y el Carmen, así como la fábrica El Vapor, y asesinaron al general Bassa.